miércoles, 16 de marzo de 2016

Para Madre Teresa, el aborto es fruto de un desamor.



Ayer conocimos que el Papa Francisco procederá a la canonización de Madre Teresa Calcuta, el próximo mes de septiembre.
Su obra, no hace falta que os lo diga yo aquí, fue inmensa, pero quiero recordar hoy, de ella, algo que me es especialmente querido, su amor por los niños y su postura frontalmente antiabortista  precisamente porque entiende el aborto como esencialmente un desamor.
La manera más relevante en que ella habló acerca de los niños, del amor y del aborto fue en su famoso discurso del 3 de febrero de 1994 en Washington DC.

[ http://videos.religionenlibertad.com/video/wmaNyaLxiM/Madre-Teresa-su-discurso-mas-historico ]

4 ene 2014
             En apenas  un mes se cumplirán dos décadas de la histórica intervención de la Madre Teresa de Calcuta en el Desayuno de Oración Nacional que tradicionalmente se celebra cada año en Washington, DC.

Click [para ver el vídeo]
Fue el 3 de febrero de 1994, y fue histórico porque, ante una clase dirigente norteamericana cómplice o tolerante con el aborto, la fundadora de las Misioneras de la Caridad proclamó con valentía la verdad sobre ese crimen, y lo hizo además no como una mera proclamación que se llevase el viento, sino con argumentos sólidos e irrefutables que convenciesen, o al menos inquietasen la conciencia, de los presentes.

Seguidamente puedes leer, traducidas, las palabras que en el vídeo que pronuncia la Madre Teresa:
Creo que el mayor destructor de la paz hoy, es el aborto. Porque Jesús dijo: "Si recibís a los más pequeños, me recibís a mí". Así que todo aborto es un rechazo a recibir a Jesús, es el desprecio de recibir a Jesús. Realmente es una guerra contra los niños matar directamente a un niño inocente, asesinado por su propia madre.
Si aceptamos que una madre puede asesinar a su propio hijo, ¿cómo podemos decirle a los demás que no se maten unos a otros? ¿Cómo podemos convencer a una mujer de no tener un aborto? Como en todo, debemos persuadirla con amor y recordemos que amar significa dar hasta que duela. Jesús dio hasta su vida por amarnos. Así que la madre que esté pensando en abortar, debe ser ayudada a amar, o sea, a dar hasta que le duelan sus planes, o su tiempo libre, para que respete la vida de su hijo.
Porque el niño es el mayor regalo de Dios a la familia, porque ha sido creado para amar y ser amado.
En cuanto al padre del niño, debe dar también hasta que le duela. Con el aborto, la madre no aprende a amar, sino a matar hasta su propio hijo para resolver sus problemas. Y con el aborto, al padre se le dice que no tiene que tener responsabilidad alguna por el niño que ha traído a la vida, y se le induce a poner a otras mujeres en la misma circunstancia. Por lo tanto el aborto solo lleva a más abortos. Un país que acepta el aborto, no le enseña a su gente a amar, sino a utilizar violencia para conseguir lo que quieran. Es por esto que el mayor destructor del amor y de la paz es el aborto.
El mayor regalo que Dios le ha dado a nuestra congregación es luchar contra el aborto mediante la adopción. Ya hemos dado, sólo en nuestro hogar en Calcuta, más de tres mil niños en adopción. Y puedo decirles cuánta alegría, cuánto amor y cuánta paz han llevado estos niños a esas familias. Ha sido un verdadero regalo de Dios para ellos y para nosotros.
Recuerdo que uno de los pequeños estaba muy enfermo, así que les pedí a los padres que me lo devolvieran y que les daría uno sano. Pero el padre me miró y me dijo: "Madre Teresa, llévese mi vida antes que el niño". Es hermoso ver cuánto amor, cuánta alegría ha llevado ese niño a esa familia.
Recen por nosotras para que podamos seguir con este hermoso regalo. Y también les hago una propuesta: nuestras hermanas están aquí, si alguno no quiere un hijo, dénmelo, yo sí lo quiero.


El discurso completo puede leerse en:  http://www.priestsforlife.org/spanish/mtspeechspan.htm.
No he podido vencer la tentación de extraeros algunos párrafos que me gustaron especialmente, aunque mi recomendación es que os los leáis personalmente.
«….Mucha gente se preocupa bastante por los niños de la India, con los niños de África donde muchos mueren de hambre, etc. Mucha gente también se preocupa por toda la violencia en esta gran nación de los Estados Unidos. Preocuparse por esto es bueno. Pero casi siempre, a esta misma gente no les interesan los millones que intencionalmente están siendo asesinados por decisión de sus propias Madres. Y este es el mayor destructor de la paz hoy en día - el aborto cegó a la gente.
»Yo sé que hay grandes problemas en el mundo, que muchas parejas no se aman lo suficiente para utilizar planificación familiar natural. No podemos resolver todos los problemas del mundo, pero no permitan traer el peor problema de todos, y ese es el que destruye el amor. Y esto es lo que pasa cuando la gente practica anti concepción y aborto.
»Desde aquí, un aviso de cuidar a los más débiles, a los no nacidos, debe salir hacia el mundo. Si ustedes se convierten en un faro ardiente de justicia y paz en el mundo, entonces verdaderamente serán fieles a lo que los fundadores de este país representaban. Que Dios los bendiga!»

sábado, 12 de marzo de 2016

Sin resignarnos a ver desaparecer ‘’el debate de la vida’’ del espacio público.



            Desde el semanario Alfa&Omega, repico aquí, el extraordinario artículo de Isabel San Sebastián; crónica certera de la situación en la que nos encontramos en estos momentos, de dónde venimos y lo que tenemos por delante, quienes nos resistimos a no silenciar el debate de la vida.
            Considero un honor darle cabida en estas páginas.
Se olvidaron de la vida
«La vi­da de los no na­ci­dos no da vo­tos. De he­cho, en opi­nión de al­gu­nos in­sig­nes arús­pi­ces, los qui­ta. La vi­da de los no na­ci­dos es un asun­to es­pi­no­so, que aca­rrea bur­las y ame­na­zas en las re­des so­cia­les a quien tie­ne el co­ra­je de exi­gir que se res­pe­te»

            Hubo un tiem­po, no muy le­jano, en el que la de­fen­sa de la vi­da sus­ci­ta­ba en­cen­di­dos de­ba­tes en las Cor­tes, los me­dios de co­mu­ni­ca­ción, los tri­bu­na­les de Jus­ti­cia e in­clu­so las ter­tu­lias de ca­fé. Cru­ces de opi­nión y ar­gu­men­tos, a me­nu­do aca­lo­ra­dos, en­tre quie­nes sos­te­ne­mos que los ni­ños en­gen­dra­dos aun­que to­da­vía no alum­bra­dos son ti­tu­la­res de de­re­chos me­re­ce­do­res de pro­tec­ción y los con­ven­ci­dos de lo con­tra­rio. Po­lé­mi­cas re­ve­la­do­ras de cier­to in­te­rés so­cial por una cues­tión que afec­ta a la con­cep­ción mis­ma de lo que cons­ti­tu­ye nues­tra esen­cia co­mo es­pe­cie. Hoy esa con­tro­ver­sia ha des­apa­re­ci­do de la agen­da pú­bli­ca es­pa­ño­la. A na­die pa­re­ce res­tar­le un ápi­ce de tran­qui­li­dad. Se ha im­pues­to por ma­yo­ría cer­ca­na a la una­ni­mi­dad la te­sis de esa mi­nis­tra de Sa­ni­dad, ex­per­ta en fla­men­co, per­sua­di­da de que un fe­to en el vien­tre ma­terno «es un ser vi­vo, pe­ro no un ser hu­mano». ¿Có­mo po­dría ser­lo? ¿Eli­mi­na­ría­mos sin re­mor­di­mien­to a mi­llo­nes de cria­tu­ra sin defensas si tu­vié­ra­mos el co­ra­je de ver­las co­mo lo ­que son? ¿Quién ma­ta­ría a sus hi­jos?
            La pa­la­bra «abor­to» no fue pro­nun­cia­da ni una so­la vez en la fa­lli­da se­sión de in­ves­ti­du­ra de Pe­dro Sán­chez. Ni si­quie­ra se uti­li­zó el eu­fe­mis­mo al uso, «in­te­rrup­ción vo­lun­ta­ria del em­ba­ra­zo», con el que la­van su con­cien­cia los rea­cios a lla­mar a las co­sas por su nom­bre. El can­di­da­to tu­vo la des­fa­cha­tez de afir­mar en su dis­cur­so que «las mu­je­res po­drán de­ci­dir so­bre su ma­ter­ni­dad», co­mo si aho­ra se nos pri­va­ra de esa fa­cul­tad con al­gu­na cla­se de coer­ción, sin que hu­bie­ra un in­ter­vi­nien­te dis­pues­to a se­ña­lar­le su error y sub­ra­yar su ma­la fe. Ló­gi­co. Su so­cio, Ciu­da­da­nos, ha fir­ma­do un do­cu­men­to en el que se di­ce tex­tual­men­te que «am­bas or­ga­ni­za­cio­nes de­fien­den la Ley de pla­zos» y se aña­de, por si al­guien al­ber­ga­ra al­gu­na du­da, que «el Par­ti­do So­cia­lis­ta se re­ser­va la po­si­bi­li­dad de im­pul­sar la re­for­ma de la Ley en re­la­ción con las jó­ve­nes de 16 y 17 años». Al­go que no pa­re­ce con­tra­riar a Al­bert Ri­ve­ra. En cuan­to al PP, ha­ce tiem­po que rin­dió el úl­ti­mo es­tan­dar­te de es­ta ba­ta­lla en de­fen­sa de los más vul­ne­ra­bles. Exac­ta­men­te el día en que Ce­lia Vi­lla­lo­bos, au­to­ra de la la­pi­da­ria sen­ten­cia «quie­nes no ca­ben en el PP son los que se opo­nen al abor­to», fue pre­mia­da con la Vi­ce­pre­si­den­cia Pri­me­ra del Con­gre­so, mien­tras los diez par­la­men­ta­rios que ha­bían per­ma­ne­ci­do fie­les a la pos­tu­ra tra­di­cio­nal­men­te man­te­ni­da por el cen­tro-de­re­cha veían cons­ti­tuir­se las Cor­tes des­de sus res­pec­ti­vas ca­sas, tras ha­ber si­do ex­pul­sa­dos de las lis­tas. To­dos, los diez dipu­tados y se­na­do­res, sin una con­ce­sión pia­do­sa al «qué di­rán» los elec­to­res ni un res­qui­cio de ver­güen­za por des­hon­rar la pa­la­bra da­da.
            La vi­da de los no na­ci­dos no in­tere­sa. La vi­da de los no na­ci­dos no da vo­tos. De he­cho, en opi­nión de al­gu­nos in­sig­nes arús­pi­ces, los qui­ta. La vi­da de los no na­ci­dos es un asun­to es­pi­no­so, que aca­rrea bur­las y ame­na­zas en las re­des so­cia­les a quien tie­ne el co­ra­je de exi­gir que se res­pe­te. La vi­da de los no na­ci­dos de­man­da a las au­to­ri­da­des me­di­das de apo­yo efi­caz a las mu­je­res em­ba­ra­za­das y exi­ge a los pa­dres que asu­man su res­pon­sa­bi­li­dad. La vi­da de los no na­ci­dos nos obli­ga a tran­si­tar por te­rri­to­rios in­hós­pi­tos des­de el pun­to de vis­ta éti­co, que na­die quie­re ex­plo­rar. ¿En qué mo­men­to exac­to em­pie­za? ¿A quién per­te­ne­ce? ¿En qué pun­to se si­túa la fron­te­ra en­tre los de­re­chos de la ma­dre y los del hi­jo? ¿Có­mo con­ce­der li­ber­tad ili­mi­ta­da a una par­te sin ne­gar a la más dé­bil la opor­tu­ni­dad de exis­tir? La cien­cia, pe­se a sus gi­gan­tes­cos avan­ces, no ha re­suel­to esos con­flic­tos. La con­ven­ción de las do­ce se­ma­nas co­mo pla­zo ad­mi­si­ble pa­ra li­qui­dar (que no in­te­rrum­pir) una ges­ta­ción tie­ne más que ver con la mor­fo­lo­gía, es­to es, con el mo­men­to en el que el fe­to ad­quie­re una for­ma tan inequí­vo­ca­men­te in­fan­til co­mo pa­ra he­rir la sen­si­bi­li­dad del per­so­nal sa­ni­ta­rio en­car­ga­do de lle­var a ca­bo la «ta­rea», que con cri­te­rios de ma­yor ca­la­do mé­di­co. De ahí que to­dos se pon­gan de acuer­do en ar­chi­var el asun­to en el ca­jón del re­la­ti­vis­mo don­de duer­men el sue­ño de los jus­tos tan­tos prin­ci­pios aban­do­na­dos, y ac­to se­gui­do apa­gar la luz. Ojos que no ven, oí­dos que no oyen, con­cien­cias que no se in­quie­tan, gen­tes que vi­ven con­ten­tas.
            En el fon­do de un ar­chi­vo duer­me igual­men­te el sue­ño de los va­gos el re­cur­so pre­sen­ta­do an­te el Cons­ti­tu­cio­nal por un PP di­fe­ren­te a es­te, ha­ce ya más de un lus­tro, cuan­do aban­de­ró des­de la opo­si­ción el com­ba­te con­tra la re­for­ma que en 2010, sin pre­vio avi­so ni com­pro­mi­so pro­gra­má­ti­co, con­vir­tió el abor­to en un de­re­cho in­dis­cri­mi­na­do de la mu­jer. La dis­cu­sión, a la vis­ta es­tá, no pro­ce­de tam­po­co a ni­vel ju­rí­di­co. Es evi­den­te que no ur­ge a ojos de sus se­ño­rías. Y des­de lue­go no con­vie­ne a quien as­pi­ra a una ju­bi­la­ción tran­qui­la. Al me­nos en Es­pa­ña. Fue­ra de aquí, en el co­ra­zón de Eu­ro­pa, hay gen­tes de bien em­pe­ña­das en man­te­ner vi­va una lu­cha tan im­po­pu­lar co­mo jus­ta.
            Han adop­ta­do el nom­bre de «One of Us» (Uno de No­so­tros) con el afán de dar voz a quie­nes ca­re­cen de ella por vi­vir den­tro de un cuer­po que no siem­pre es lu­gar se­gu­ro. No se re­sig­nan ni se aco­bar­dan fren­te a la ten­den­cia do­mi­nan­te al si­len­cio. Pro­cla­man que la vi­da es un don, el más pre­cia­do; y su de­fen­sa, un le­ga­do irre­nun­cia­ble de la ci­vi­li­za­ción oc­ci­den­tal. Quie­ren unir fuer­zas, su­pe­rar di­fe­ren­cias y cons­truir un fu­tu­ro ba­sa­do en va­lo­res uni­ver­sa­les que cos­tó mu­cho con­so­li­dar y aho­ra pa­re­cen pa­sa­dos de mo­da.
            En es­tos tiem­pos de in­va­sio­nes bár­ba­ras, cuan­do el he­do­nis­mo in­di­vi­dua­lis­ta im­po­ne sus dog­mas a una so­cie­dad ador­me­ci­da, aco­bar­da­da, in­ca­paz de sa­cu­dir­se la pe­re­za in­te­lec­tual, los im­pul­so­res de «One of Us» nos lla­man a ser va­lien­tes y reac­cio­nar. A to­mar la pa­la­bra con el fin de que el de­ba­te no mue­ra. A sos­te­ner la ban­de­ra de es­ta cau­sa. Su ini­cia­ti­va po­pu­lar ha si­do la más res­pal­da­da de la his­to­ria eu­ro­pea, con dos mi­llo­nes de fir­mas. Dos mi­llo­nes de per­so­nas que no se ol­vi­dan de la vi­da.
Isabel San Sebastián
Fecha de Publicación: 12 de Marzo de 2016

viernes, 11 de marzo de 2016

Sin voz en el Parlamento… no queremos, porque no debemos, meternos en un armario.



Estamos viviendo un tiempo en el que, inexorablemente, cotas otrora impensables de inhumanidad e ignominia se van instalando en nuestra cotidianidad. Asumidas sin visible actitud crítico-analítica, por la impunidad que les confiere el hecho de no aparecer destacadas en los grandes medios de comunicación.
La visión utilitarista y hedonista de la vida humana, mina, de raíz, los fundamentos que hicieron posible la “redención” del ser humano  de la vida y dignidad humanas  tras los horrores e inhumanidades vividas en la primera mitad de pasado siglo.
Ahora mismo, en el punto álgido de la lucha partidista por el poder en España, discutimos de miles de cosas  importantísimas sin duda  pero, para algunos, no todas de entre las más importantes.
En el famoso documento de las “doscientas medidas”, de 67 páginas, de 25.947 palabras, suscrito entre Ciudadanos y el partido socialista; en tan solo 12 líneas y 135 palabras se sustancia, perpetúa y aumenta, la losa con que “la agenda de género” progresista (sic), está silenciando, y queriendo enviar al ostracismo, a “algunos” millones de españoles que nos horrorizamos de que la vida, de los más débiles e indefensos de entre nosotros, se esté utilizando, y hasta eliminando, sin resistencia social alguna. Me refiero, a las intenciones/propuestas que se hacen sobre la Interrupción voluntaria del embarazo (sin eufemismos… ABORTO), la maternidad subrogada (sin eufemismos… VIENTRES DE ALQUILER), y la Ley de muerte digna (sin eufemismos… EUTANASIA).
Desde luego que algo habrá que hacer, y sin duda será primordial analizar los “porqués” de toda esta involución.
Y este sentir, es por lo que traigo hoy a estas páginas, la reflexión interesantísima que leí ayer en http://www.profesionalesetica.org de la profesora Alicia V. Rubio Calle.
Toboganes para niños desmembrados: de ojos y corazones
Escrito el 10/03/2016
La pendiente ética resbaladiza es una estrategia de debate consistente en defender que una acción iniciará una serie de sucesos posteriores inevitables que culminarán en un indeseable evento final al modo de la caída de las fichas de dominó. En muchos casos se tacha este argumento de falacia por el hecho de que se presuponen concatenaciones de acontecimientos que pueden no ser necesariamente sucesivos, o que no implican irremediablemente el resultado final al que se apela. La comparación con una pendiente es porque se infieren consecuencias negativas que hacen deslizarse hacia catástrofes finales en un movimiento descendente y con un frenado casi imposible una vez comience el proceso. Un tobogán que, en el caso del aborto, no ha sido una falacia, sino un hecho.
Comenzamos nuestro resbalar por el tobogán de la iniquidad asumiendo que un cigoto no es un ser humano y que, por ello, se le podía eliminar, pese a su código genético único y su potencialidad que le hace, incluso, ser sujeto de derecho en una herencia: derecho a tener pero no derecho a ser. No es visible. No tiene aspecto humano. “Ojos que no ven, corazón que no siente”.
Seguimos tomando velocidad con la aceptación de derechos contrapuestos entre un niño y su madre, dando por vencedora siempre a la madre en desigual liza donde uno de los contendientes siempre pierde la vida. Asumimos que la madre no es capaz de amar a un hijo imperfecto y que el niño nos agradece su eliminación para evitarle una vida que catalogamos como inútil e indigna y, con la firme decisión de hacer un favor a ambos, eliminamos “el problema”. El feto desmembrado comienza a tener un inquietante aspecto humano. Suponemos que no sufre. “Corazón que no siente, ojos que no ven” pensamos. Y cerramos los ojos.
Resbalando a un ritmo vertiginoso nos encontramos con niños viables que, tras el aborto, se niegan a morir y se les abandona en las bandejas de despojos hasta que dejan de respirar. Su pecado, el final de sus derechos, comienza con el desafecto de su madre: no les quiere. La sociedad más “humana” y sensible de la historia de la humanidad tampoco los quiere. A algunos se les clava, humanitariamente, una tijera en el occipital para terminar antes. ¿Ojos que no ven? ¿Corazón que no siente? La velocidad del trayecto nos ha dejado sin ojos y sin corazón.
Ya en el último tramo de esta caída libre hacia el Taigeto tecnológico del desprecio de la vida humana, vemos el final del tobogán, de la pendiente ética a la que nos hemos dejado empujar y que ya no es falacia, sino hecho consumado: multinacionales que venden, a trozos, los niños abortados. Ni los nazis más imaginativos, que ante la enorme cantidad de cadáveres humanos producidos se esmeraron en darles una salida comercial, podrían haberlo hecho mejor. Y no olvidemos que, cuanto más formados estén los niños asesinados, mejor “material de venta se obtiene. Embotados completamente por una caída vertiginosa somos incapaces de entender que hay ojos que no ven y corazones que ya no sienten a un precio asequible. Pensamos que no son los nuestros. Quizá, también son los nuestros. Nos queda el último tramo: de vender para aprovechar, a matar para vender.
Incapaces de frenar a esta sociedad que se despeña en la miseria entre cadáveres de niños desmembrados, que corre, alocada, hacia la muerte por mera estadística demográfica, que resbala alegre y confiada hacia un progreso distópico de mercancías humanas sin dedicar una mirada al frente, algunos vemos que, en el foso al que nos dirigimos, se comercializa, ya legalmente y con precios estipulados, con pedazos de seres humanos asesinados para tal fin.
Estamos cerca del final del tobogán. Sólo si millones de manos se aferran a ese resto de humanidad que aún nos queda, frenando la caída, podremos evitar el último trayecto de este viaje a la nada más horrible. Y, poco a poco, ir subiendo hacia ese punto de partida donde la vida humana aún era respetada y cada ser humano, en cualquier etapa de su vida, era considerado UNO DE NOSOTROS.  ONE OF US, dos millones de manos de toda Europa tratando de parar la locura, tratando de volver al origen. Porque sólo si salimos completamente de esta pendiente ética podemos impedir que volvamos a resbalar. Ayúdanos.
Difícil misión abrir un debate sobre algo cruel y desagradable. Un debate que encoge el corazón. Un final del viaje que es mejor no ver.
¿Hablamos de la vida humana o seguimos sin ojos para esos corazones a precio de casquería?
Alicia V. Rubio Calle